La Cordillera Real de Bolivia ofrece
todo un catálogo de grandes ascensiones por encima de los cinco mil
y seis mil metros de altura. Ya desde la Paz se puede ver la
imponente mole de roca y nieve del Illimani asomando por encima de la
marabunta de casas apiñadas de los barrios de la ciudad.


El Salar de Uyuni



La carretera de la muerte
Pero no hace falta alejarse mucho de la
Paz para disfrutar de grandes aventuras. Varias empresas ofrecen el
Tour de la Carretera de la Muerte. Dicho tour consiste en el descenso
en bicicleta por una pista (aunque los primeros 23 km es por asfalto)
a través de un recorrido con un desnivel de 3000 metros que va desde
un alto a más de cuatro mil metros de altitud (donde tendremos que
ir bien abrigados),
hasta las cálidas inmediaciones de Coroico, a
poco más de mil. Los pedales servirán para apoyar los pies y poco
más. Tendremos que estar atentos porque el recorrido está lleno de
piedras, curvas, cascadas, ríos y cortados que no admiten ningún
despiste. Los guías se encargan de tomar suficientes fotos y vídeos
como para que no tengamos necesidad de sacar nuestras cámaras y así
evitar distracciones mortales. No en vano este circuito tiene ya en
su haber ocho turistas y cuatro guías fallecidos. Al final del
camino, si no hemos podido seguir el ritmo de los demás y nos han
hecho tragar mucho polvo, no hay problema. Nos espera un buen baño
en una piscina y una generosa barbacoa donde reponer las fuerzas y
combatir las altas temperaturas de la selva que domina estas
altitudes.
Pero si buscamos algo más tranquilo,
también podemos acercarnos al Valle de las Ánimas y el Cañon del
Palca donde a través de una sencilla excursión, podremos salir del
tumulto y
el caos de la Paz para sumergirnos en la tranquilidad de
éstas áreas rurales que no suelen estar muy frecuentadas por
turistas. Desde la Paz podremos llegar con el transporte público
(los Puma) que en poco más de hora y media nos dejará en
Chasquipampa, donde podremos coger un taxi que nos acerque a Uni.
Desde aquí podemos bajar por una pista evidente hasta el fondo del
Cañón de Palca.
A medida que vayamos bajando y con el Illimani
dominando el horizonte, se irán levantando sobre nosotros las
imponentes paredes de arenisca de este impresionante cañón, donde
unas impresionantes columnas con más de 50 metros de altura se alzan
desafiando la gravedad. Pero en esta zona también podemos visitar el
Valle de las Ánimas, conformado por una formación montañosa
también de areniscas que se levanta sobre un collado, dominando la
Paz. Conforme nos acercamos podremos ir apreciando las columnas
esculpidas en las paredes, donde el agua y el viento se han encargado
de dibujar curiosas formaciones errantes. De hecho, el nombre del
valle proviene no sólo por la forma fantasmagórica de sus laderas,
sino también porque en los días de viento (que suele ser la mayoría
en este collado) se oyen murmullos de almas en pena, como
consecuencia del paso del aire por las acanaladuras y resquicios de
la montaña.


La cultura de un país en el que cambiamos el rumbo de su historia
Potosí y la casa de la moneda
Pero Bolivia también tiene otros
lugares que si bien no representan un aventura para el viajero, son
imprescindibles para empaparse de la esencia de un país que tuvo en
su seno la ciudad más rica del mundo. Por ello es de obligada visita
la ciudad de Potosí y su casa de la moneda. Allí podremos ver
gráficamente cómo desde hace más de 500 años que el dinero mueve
el mundo. La obra de ingeniería desplegada para acuñar monedas
españolas es espectacular para la época. Toda la maquinaria que hay
allí tardó 14 meses en transportarse, cruzando el atlántico y
parte del continente. También aprenderemos algo de la historia de
las monedas, de la avaricia de la corona española, de los esclavos
que trabajaban día y noche fundiendo metales cuyos vapores les
causaban más pronto que tarde la muerte, del origen del símbolo
del dinero ($) y de otras cuestiones que sonrojarán a aquellos
paisanos que inviertan su tiempo en escuchar las explicaciones del
guía.
Las minas de Cerro Rico
Pero si esta es la parte más pudiente de esta ciudad y nos habla de las riquezas de un imperio, también tenemos obligación de visitar el otro lado de la moneda y de la ciudad: las minas de Cerro Rico. Estas minas han sido explotadas (o más bien expoliadas) desde que se colonizaron los territorios indígenas y hoy en día, gracias a la lucha de la clase minera, han conseguido mantener la autonomía en la explotación mediante la constitución de una cooperativa. Así que los mineros de Cerro Rico no trabajan para nadie, sino para sí mismos. Esto tiene un lado positivo, pero también un lado negativo en un país tan pobre: las condiciones de trabajo son terribles. Para conocerlas, lo mejor es contratar una visita guiada que por unos 100 bolivianos nos permitirá conoce

Hasta siete cartuchos vimos colocar de forma secuencial. Una vez estuvo todo listo, nos alejamos unas cuantas curvas hasta que empezó el festival de


Para desengrasar la visita a las minas,
recomiendo volver a La Paz vía Sucre, la capital de Bolivia, donde
podremos disfrutar de la activa vida nocturna de la ciudad o visitar
el espectacular mercado central.
Las montañas de Bolivia
Pero Bolivia ofrece la gran aventura
para aquellos montañeros que desean desafiar la barrera de los 6.000
metros de altura. Son varios picos los que coronan el cielo a esas
alturas. El volcán de Sajama representa la mayor altitud del país,
con 6,458 metros. Pero en la Cordillera Real, es el Illimani el que
alcanza la máxima altitud con sus 6.438 metros. También están el
Illampú, Ancohuma, Parinacota... pero sin ninguna duda es el Huayna
Potosí el seismil más famoso de todos por su accesibilidad.
En la calle Sagarnaga de la Paz podemos
encontrar múltiples agencias que ofrecen expediciones guiadas a la
cumbre de este pico. La infraestructura creada alrededor, las
carecterísticas de la zona y el saber hacer de muchos años han
permitido consolidar esta ascensión y ofertarla como una de las
grandes actividades del país. Y es que se trata de uno de los
seismiles más accesibles y el más económico del planeta. Por unos
1200 bolivianos (unos 170€) nos proporcionarán la infraestructura
necesaria para afrontar esta aventura. Pero no hay que olvidar algo
muy importante: a la cumbre llega uno con sus patitas, por mucho que
te faciliten todo lo demás.
El Huayna Potosí
Mi compañero Nitu y yo habíamos
contactado previamente con la agencia Huayna Potosí, a través de
unas recomendaciones de unos amigos. La agencia está regentada por
Hugo Berrios, un experimentado alpinista sexagenario que además es
médico de emergencias, lo cual nos pareció muy interesante. El
ratio de esta agencia (desconozco el de las demás) es de un guía
por cada dos clientes. Íbamos a dedicar una semana entera a subir
varios picos.
El Huayna era el más alto de ellos, pero en la lista
también estaba el Pequeño Alpamayo y el Pico Austria. Lo dejamos
todo cerrado para empezar unos 12 días después de nuestra llegada.
Nuestra idea era aclimatarnos primero a la altitud visitando
diferentes rincones del país, el cual se encuentra sobre el segundo
altiplano de mayor altura del planeta. Así lo hicimos. Estuvimos en
Uyuni, Potosí, Sucre, el Valle de las Ánimas... hasta que por fin
el lunes quedamos en la agencia para preparar el material.
En la
agencia disponen de todo necesario para realizar la ascensión, desde
el material más técnico,
como son piolets o crampones, hasta la
vestimenta. Nosotros decidimos llevarnos la vestimenta desde España
y recurrir al prestamo del material técnico a través de la agencia
y así no sobrecargar los equipajes. Mi recomendación no obstante es
que si se va de propio a Bolivia a hacer montaña, se lleve todo el
material personal posible (si se dispone de él), ya que la calidad
de la ropa y del material técnico es muy variable.

La ascensión se articula en tres
jornadas. La primera subes en coche al refugio de la agencia, que se
encuentra a unos 4.700 metros. Esta en particular tiene el suyo
propio (Refugio Huayna Potosí). Esa
misma tarde haces una práctica
en el glaciar viejo para familiarizarte con el material técnico y
las maniobras básicas de progresión glaciar. También la excursión
(de unas 3 horas en total) sirve para aclimatar. Por la tarde se
regresa al refugio y se cena. Al día siguiente desayunas y con la
calma preparas la mochila. Se come y se parte antes de las 14h, con
el objetivo de llegar a media tarde al Campo Alto (5.300 metros). La
tercera jornada empieza a media noche. A las 00:00 am te levantas,
desayunas y sales hacia la cumbre. Si todo va bien, se hace cumbre al
amanecer. Ese mismo día regresas al refugio y a la Paz.
Nuestra ascensión
Nuestra ascensión más o menos siguió
el mismo patrón, aunque con los detalles que comentaré a
continuación.
No paró en toda la tarde y conforme
se acercaba la noche, aquella lluvia empezó a transformarse en nieve
que fue cuajando alrededor del refugio, transformando por completo el
paisaje que teníamos alrededor. La nieve vistió de blanco cada
rincón. Sin embargo, todavía guardábamos la esperanza de que
aquello fuera algo pasajero, tal y como aseguraban los guías.
Pero de pasajero, nada. Durante la
noche siguió nevando con intensidad y soplando un fuerte viento.
Amaneció con una densa niebla y con varios centímetros de nieve
alrededor del refugio.
Desayunamos tal y como estaba previsto y
preparamos el material. Sin embargo Nitu y yo nos mirábamos con cara
de pocker. Con ese temporal ahí fuera nos parecía una osadía
intentar la ascensión de un seis mil, pero sin embargo los guías
parecían estar tranquilos. Nos acompañaban un grupo de 8 jóvenes
de venti pocos años, algunos de los cuales no tenían ninguna
experiencia en montaña y mimetizaban su ánimo con el de los guías.
Pero nosotros teníamos un handycap: nuestra experiencia, aquella con
las que habíamos aprendido a ser prudentes y a renunciar cuando las
condiciones lo aconsejaran. Y aquello parecía estar más claro que
el agua. Sabíamos que hasta el campo alto podríamos llegar, ya que
no se encontraba demasiado lejos y la nieve no supondria hasta ese
punto un riesgo ni un obstáculo. Pero nos preocupaba las ascensión
a la cumbre, ya que esperábamos que la nieve acumulada alcanzara
mucho mayor espesor, dificultando la progresión e incrementando el
riesgo de alud. A parte, el riesgo que suponía que la nieve hubiera
tapado las grietas del glaciar y aumentara también en ese sentido,
el riesgo de la travesía, aunque en eso confiabamos en el criterio
de los guías.
Finalmente, ante un temporal que no
cesaba, los guías nos dijeron que a las 14h partiríamos hacia el
Campo Alto, independientemente de cómo estuviera el tiempo. Si
mejoraba antes, saldríamos antes. A eso de las 13:40 paró
momentáneamente la nieve y salimos a toda prisa. Comenzamos a
caminar bordeando el embalse y siguiendo la morrena del glaciar viejo
hasta llegar a una caseta donde había un hombre encargado de cobrar
50 bolivianos. En aquel momento la nieve caía de nuevo
abundantemente. Continuamos ascendiendo a buen ritmo por un sendero
de piedra que en aquel momento se encontraba ya con un palmo de
nieve. Menos de tres horas aproximadamente nos costó alcanzar el
campo alto. En aquel momento empecé a sentir los primeros síntomas
del mal de altura: cansancio, cefalea y nauseas. El Campo Alto
consistía en un habítáculo con dos hileras de literas y con
capacidad para 10 personas. Como pudimos nos organizamos y yo me metí
en un rincón para descansar y sufrir mi calvario particular. Ante
aquel panorama, decidí tomarme un Edemox (acetazolamida) y empecé a
beber mucha agua. Pero mi estómago se encontraba totalmente cerrado
y no fui capaz de tomar nada para cenar. Pensé que mi ascensión
había terminado en el Campo Alto. En esas condiciones no era sensato
emprender el camino hacia la cima. Además, podía echar a perder la
ascensión de Nitu, ya que el guía se vería en la obligación de
volver con los dos.
Pero durante la noche empecé a
encontrarme mucho mejor. El dolor de cabeza desapareció casi por
completo al igual que las nauseas, aunque no recuperé el apetito.
Cuando nos levantamos me sentía bastante bien y sin motivos para
quedarme, así que decidí emprender la ascensión.
Salimos del refugio a la 1 am, en mitad
de la oscuridad. No habían estrellas y la nieve había tapado
cualquier rastro de huella. Comenzamos la travesía bordeando una
ladera cubierta totalmente de nieve recién caída y con cierta
pendiente. En aquel momento íbamos abriendo huella nuestra cordada
(Nitu, Roque y un servidor) y aquel escenario nos transmitía una
profunda desconfianza. Había puntos donde la nieve alcanzaba los 50
cm de profundidad. Al final optamos por no pensar demasiado y confiar
en el criterio de los guías, los cuales nos habían asegurado que no
era la primera vez que afrontaban la cumbre en esas condiciones y con
éxito.
Por eso nuestro paso era lento pero
continuo. Las luces del resto de cordadas titilaban delante y detrás de nosotros. Al ser en total 15 personas, nos turnábamos abriendo
huella. Los guías, acostumbrados a estas ascensiones y bien
aclimatados, hacían gala de una fortaleza extraordinaria, abriendo
camino y liderando las cordadas. Estaban en otra dimensión.
Tras superar un tramo más o menos llano, pasamos a cortar la ladera a 90º, aumentando la pendiente. Superamos varias grietas a las que llegamos a ciegas y en el punto clave gracias al talento e intuición de los guías, que se conocían el terreno como la palma de la mano. Después, una pala de 50º nos dejó en la planicie de la antecima. La nieve aquí tenía ya menos espesor y el viento arreciaba con fuerza mientras despuntaban las primeras luces del amanecer.
